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“Pax in nomine Domini” primera reconquista de Almería

 
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demolicionx
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MensajePublicado: Lun Abr 05, 2010 7:18 pm    Asunto: “Pax in nomine Domini” primera reconquista de Almería Responder citando

En 1147 Alfonso VII hace la campaña de Almería. El motivo es el control del comercio en el Mediterráneo, a ser muy importante su puerto. Las repúblicas italianas de Pisa y Génova desean acceder al Mediterráneo occidental, en manos de los almohades (ahora). Los catalanes también están interesados en una apertura de este comercio. Por ello, Pisa y Génova ofrecen su ayuda naval al castellanoleonés. Ramón Berenguer hace lo mismo (aporta barcos y hombres). Las tropas de tierra en su mayor parte están formadas por mesnadas de nobles y milicias concejiles, a las que hay que sumar las allegadas por el rey de Navarra.
La empresa, en otras circunstancias (los almohades aún no se han hecho con el control de todo Al-Andalus, que se ha desgajado en pequeños reinos al mando de oligarquías locales) hubiera resultado casi imposible. Almería se encuentra a 450 Km. De Calatrava. Pero Alfonso VII está dispuesto a tan osada expedición. Entre julio y agosto toma Andujar, Baños de la Encina, Baeza y Úbeda. Desde allí avanza sobre Almería que ya se encuentra bloqueada por la flota italo catalana. El gobernante de Almería ofrece la fabulosa cifra de 100.000 morabetinos (moneda de oro de 3,9 gramos de peso) por levantar el cerco. Se pactó la rendición de la ciudad (para disgusto de písanos y genoveses que se vieron privados del botín) y el 17 de octubre de 1147 los almerienses que lo desearon pudieron abandonar la ciudad con sus pertenencias.
De todos modos, el mantenimiento de la ciudad es precario. Lejos de las fronteras cristianas, a pesar de las fortalezas que se han ocupado en el camino (el dominio de dichos castillos se circunscribe a sus muros, exclusivamente). Afortunadamente, el rey de la taifa de Valencia y Murcia, Ibn Mardanix (conocido por los historiadores como Rey Lobo), será en lo sucesivo un aliado fiable para los castellanos. Así, uno de los flancos del camino a Almería puede considerarse seguro.
En 1157, los cristianos son obligados a retirarse de Baeza, Úbeda y Andujar. Almería queda aislada y es asediada. El rey organiza su ejército y se lanza a una razzia por Granada (para intentar levantar el asedio de Almería). A su vez, Ibn Mardanix moviliza su ejército (mayoritariamente formado por cristianos mercenarios) para apoyar a Alfonso. No consiguen su objetivo: Almería cae en julio. El rey debe retirarse, aunque acuerda con Ibn Mardanix el intercambio de la plaza de Baza (para el rey Lobo) por la de Uclés (para Castilla). Alfonso VII fallece en Fresneda (ladera norte del puerto del Muradal, cerca de la actual localidad de El Viso del Marqués), de camino de regreso a Toledo tras su fallida campaña, el 21 de agosto de 1157.

La campaña de Alfonso VII , primera reconquista de Almería

Durante el verano del mismo año en que se conquistó Calatrava, el rey en persona acampó a las afueras de Córdoba y dio instrucciones para que se materializara el sometimiento de la antigua ciudad califal. Allí recibió el homenaje de sus autoridades y exigió tributos muy elevados, no sólo a los cordobeses sino a los habitantes de sus tierras.
Por suerte para ellos, Abdalaziz y los suyos ya habían abandonado Adamuz e incluso la Península. En cambio, los que aparecieron por la zona fueron unos enviados de las repúblicas de Pisa y de Génova, que andaban buscando al rey de León para proponerle un plan conjunto: nada menos que la conquista del puerto mediterráneo de Almería.
Los italianos llegaron hasta el campamento real para entrevistarse con Alfonso VII, que los recibió con cierta sorpresa, por lo inesperado de la visita y las circunstancias en que se producía, en plena campaña estival por Andalucía.
Sin embargo, pronto pudo saber cual era el propósito de aquellos extraños embajadores. Según explicaron, venían de Barcelona donde se habían entrevistado con el conde Ramón Berenguer IV, al que habían propuesto una acción conjunta para luchar contra los piratas que infectaban el Mediterráneo. Por culpa de esos piratas los mercaderes genoveses y pisanos sufrían enormes pérdidas, como también le ocurría a los catalanes.
Uno de los embajadores italianos, cuyas vestimentas y formas bastante afectadas no dejaban de asombrar a los fronteros, expuso al emperador sus problemas y propuestas:
— El principal centro de piratería en nuestro mar es el puerto de Almería. Sí pudiéramos apoderarnos de esa ciudad, acabaríamos con uno de los focos que más perjudican a nuestras empresas. En caso de que Vuestra Majestad quisiera colaborar, llevando sus tropas por tierra, como ya ha hecho en anteriores campañas, nuestras naves y las de los catalanes atacaríamos por mar. De esa manera nuestra empresa tendría muchas posibilidades de éxito, con enorme beneficio para todos.
El rey y sus magnates acogieron con agrado la propuesta, pues aparte de sentirse halagados por lo que suponía de reconocimiento de su fuerza, los italianos prometían financiar gran parte de la campaña y ceder al emperador leonés dos terceras partes de todo lo que se conquistara.
— Desde luego — dijo el que parecía de mayor rango entre los embajadores italianos, que iba vestido con una riquísima túnica y un bonete — todo lo relacionado con la preparación y realización de la campaña, quedará recogido en los acuerdos correspondientes suscritos por ambas partes. Sólo exigimos que la parte que nos corresponda se nos ceda en plena propiedad y libre de cualquier impuesto u obligación.
No todos los consejeros de Alfonso VII estaban de acuerdo con la propuesta, no tanto por las condiciones que ofrecían los italianos, sino por la oportunidad de embarcarse en una empresa demasiado alejada de sus fronteras.
Incluso hubo quien aconsejó, como fue el caso del arzobispo don Raimundo, consolidar posiciones en el Guadiana y en el mismo Guadalquivir, antes de lanzarse a la conquista de aquel puerto mediterráneo, donde tarde o temprano sería difícil mantener un dominio duradero.
Pero los más ambiciosos, como el conde de Lara y don Ponce de Cabrera, opinaban lo contrario. Según ellos, un golpe de mano como el que les proponían, además de los beneficios inmediatos, facilitaría el dominio de todo el territorio entre Córdoba y Almería, que casi de forma obligada pasarían a poder del rey de León.
El más entusiasmado fue el propio rey de León, sobre todo porque la propuesta venía de Barcelona, de uno de sus grandes vasallos y de las poderosas repúblicas italianas, cuyos embajadores no dejaron de mencionar el apoyo que la empresa tendría por parte del Santo Padre. Para hacerla más atractiva, la campaña se planteaba como una de las grandes Cruzadas de la Cristiandad, dirigida por el emperador leonés.
Alfonso VII envió al obispo Arnaldo a Barcelona para que confirmase su participación al conde Ramón Berenguer IV. También se invitó a participar al rey García Ramírez de Navarra e, incluso, se enviaron legados a Montpelier y otros señoríos del Sur de Francia para pedir su colaboración.
Como nunca faltan propagandistas y aduladores, uno de los más afamados trovadores de la corte de Alfonso VII, Marcabrú, llegó a componer una trova llamada "Pax in nomine Domini", con la que esperaba atraer a aquellos caballeros del Mediodía de Francia, para que engrosaran el ejército expedicionario que habría de conquistar Almería.
La campaña quedó fijada para la primavera y el verano de 1147. Mientras tanto todos tendrían que afanarse en llevar a cabo los preparativos necesarios, que no eran pocos. Sobre todo, a la hora de recabar recursos para organizar un contingente bélico bastante mayor que cualquiera de los que hasta entonces habían intervenido en Andalucía.
El ambiente de cruzada lo empezó a invadir todo y, más que ningún otro lugar, la frontera de Toledo, donde se empezó a escuchar un grito parecido al “¡Dios lo quiere!” de los cruzados de Tierra Santa. Para unos se iba a dar un gran paso, casi definitivo, contra los infieles, para otros era la oportunidad de luchar por una causa que creían justa y santa.

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MensajePublicado: Mie Abr 14, 2010 3:06 pm    Asunto: La gran conquista de Almería: obispo Arnaldo de Astorga Responder citando

La gran conquista de Almería: descripción de los expedicionarios por el obispo Arnaldo de Astorga, colaboración internacional, el asedio y las disputas por atribuirse la victoria.

“Todos hemos tomado la espada divina y terrenal”

El 23 de mayo de 1147, Alfonso VII acabó de reunir sus mesnadas en Toledo para iniciar la campaña de Almería. El número de fuerzas y de campamentos a orillas del Tajo superaba con mucho a los de las expediciones anteriores. También el entusiasmo con que se iniciaba la empresa era bastante superior al de otras ocasiones.
Toda la ciudad había salido aquella mañana de primavera para ver partir a los ejércitos del emperador; el espectáculo que se divisaba desde las murallas resultaba extraordinario: miles de guerreros se ponían en marcha siguiendo a sus banderas.
Delante iba el rey con sus caballeros, portando estandartes de todos los colores, inmediatamente detrás las enseñas más nobles marchaban las primeras y, poco a poco, se fue formando una fila interminable, destinada a perderse en el horizonte.
El obispo Arnaldo de Astorga, anciano de corazón ardiente, que hubiera deseado sumarse a la comitiva, acompañaba a la reina y a sus doncellas en una de las torres más altas del Palacio. Doña Berenguela le había rogado que viniera, pues nadie como él conocía la composición de aquella inmensa hueste y quería saber como se organizaba el orden de partida.
El prelado acudió gustoso a la cita, pues estaba escribiendo una crónica en la que, como el mismo explicaba, “deseaba narrar las célebres batallas de nuestro emperador”. Y aquella que entonces se iniciaba iba a ser, sin duda, la más grandiosa de cuantas había emprendido.
— No en vano —le decía el obispo a la soberana— se van a reunir los caudillos hispanos y francos, por mar y por tierra para guerrear contra los moros. Los infieles han de estar aterrorizados porque llega su perdición, la que ellos mismos se han buscado con su idolatría. La implacable ira divina se acabará descargando sobre los malvados, todos hemos de rogar a Dios por que conceda a los nuestros la victoria. La muchedumbre que podéis ver partir entusiasmada, ha sido convocada por los prelados de todo el reino para buscar la gloria divina y terrenal. Todos los obispos de León y de Toledo, habiendo desenvainado la espada divina y la corporal, no hemos dejado de rogar a los mayores e incitar a los más jóvenes para que vengan, fuertes y seguros, a las batallas.
Después, el anciano prelad, que tenía un estilo de hablar algo retórico y solemne, sobre todo cuando estaba emocionado, lo que con la edad le ocurría con bastante frecuencia, continuó:
— Podéis ver como va por delante el estandarte del conde gallego Fernando Pérez de Traba, el principal representante de la nobleza de aquel país y el ayo de vuestro hijo Fernando. Él defiende los fueros de su tierra, pero su lugar preferente viene determinado por la dulzura de Santiago, pues lleva la insignia del Apóstol a la que todos ceden el paso.
— Yo señor —comentó la reina, con su dulzura habitual— he dispuesto ser enterrada en aquella Santa Basílica, que tanto veneramos, y a la que he de volver en peregrinación cuando Dios se digne otorgar la victoria a estos bravos guerreros.
Don Arnaldo, continuaba absorto en el espectáculo de la partida y siguió su descripción con entusiasmo:
— ¡Mirar como la florida caballería de la ciudad de León irrumpe con banderas haciendo honor a su nombre! Después del Apóstol, tiene el puesto más alto de todo el reino hispano, pues a ella corresponden los derechos regios, por su juicio se rigen las leyes patrias, con su auxilio se preparan las guerras. Aunque no esté escrita, existe una antigua ley: suyos son los primeros combates.
Al ver aparecer a los leoneses, la reina observó entusiasmada:
— ¡Allí veo al conde Ramiro Froilaz! Admirable en su grado de tenente de las torres de León, prudente y afable con el cuidado de la corte. Y detrás a don Pedro Alfonso, nuestro fiel escudero en Asturias, a quien el monarca tiene reservada la dignidad de conde para cuando termine la campaña.
— Ciertamente es Asturias ¾añadió el obispo Arnaldo¾ tierra vigorosa de donde surge toda nuestra fuerza, con el estandarte de San Salvador y la Cruz de la Victoria. Pero no son los únicos: observad a los mil dardos de Castilla, famosos ciudadanos, poderosos a través de largos siglos. Y a los bravos guerreros de la Extremadura, mandados por el conde Poncio, que vino con su majestad desde Cataluña. Pronto tendrá oportunidad de guerrear junto a sus amigos y pariente, pues vuestro hermano el conde de Barcelona ya ha mandado sus tropas, por mar y por tierra, al encuentro de las del emperador.
— Dios sabe ¾dijo la reina emocionada¾ cuantas gracias le he dado por permitir que se unan, en un solo ejército, los valientes guerreros de nuestros reinos con los de mi tierra. Los cristianos deben luchar siempre unidos para servir a Nuestro Señor. ¡Qué triste resulta cuando los vemos pelear entre ellos! Pero no nos entristezcamos y gocemos de este maravilloso espectáculo. ¿No son aquellos el conde de Limia y sus gentes?
— Si mi señora —respondió el prelado— es don Fernando Juanes hombre distinguido como pocos en arte militar y nunca vencido en la guerra. Muchos caballeros han venido de sus tierras y a ellos se ha unido algunos de a frontera.
La reina buscó entonces con la mirada entre sus doncellas a Sara y dijo:
— ¿No es aquel el estandarte de Pelayo Muñiz, cuyo padre dio tantas victorias a los toledanos? Dios quiera que todos vuelvan sanos y salvos, sobre todo los más jóvenes, que no han rehusado entregar todas sus energías a la causa de Cristo.
— Bien es cierto señora ¾añadió don Arnaldo, señalando hacia el otro sitio, pues el anciano no quería perderse ningún detalle de aquel maravilloso espectáculo¾, pero mirad ahí avanza don Álvaro, el último vástago de la casa de Lara y con él Fernando Martín, el hijo del valiente tenente de Hita. Su juventud y su audacia dicen que recuerdan a las del Cid en sus mocedades, no en vano siguen al estandarte de nuestro alcaide el conde Manrique.
La comitiva resultaba interminable, el buen obispo se fue entusiasmando en su descripción de los combatientes, comparando a unos con Sansón, por su fuerza, a otros con Gedeón por la espada que llevaban. Incluso habló de Héctor y de Josué, hombres generosos que nunca habían sido vencidos en el combate. A Gutierre Fernández de Castro lo comparó con el invencible Ayax y al conde Armengol con Sansón.
Doña Berenguela algo aturdida por tanta retórica, preguntó al obispo por las tropas del rey de Navarra, que también formaban parte de la expedición. Y el prelado le respondió:
— Salieron muy de mañana, yo mismo les di mi bendición. El rey García había traído las banderas de Pamplona y Alava, quería ser el primero, para acompañar a vuestro egregio marido al frente de la columna.
Después de varias horas, la enorme masa de guerreros, con todos sus pertrechos, se fue perdiendo en el horizonte. Toledo quedó en calma, la reina y sus doncellas se retiraron a sus aposentos, pues todavía tenían mucho que comentar sobre lo vivido en aquel día tan intenso.
El buen obispo Arnaldo marchó a la Catedral de Santa María, mientras seguía rezando en su interior: “señor no desampares a tus servidores, perdona sus pecados y tráelos sanos y salvos de vuelta”. Todos sabían que comenzaba una de esas largas esperas, que para muchas mujeres de la frontera se hacían interminables.
El avance del ejército cristiano de camino hacia Almería resultó imparable, atravesaron los puertos y se apoderaron de Andújar y Baeza. Antes, incluso, habían desmantelado algunas fortalezas como la de Baños. Al pasar por Arjona, Pelayo Muñiz recordó con dolor la muerte de Zafadola, y creció en él la añoranza por volver con quien habría de ser su mujer.
La necesidad de asegurar la retaguardia y el camino de vuelta, hizo lenta la marcha: el primero de agosto todavía se encontraban en Baeza. Allí mismo, Alfonso VII recibió la noticia de la llegada por mar de los catalanes y genoveses que acudían a su encuentro. El retraso del ejército imperial preocupaba ya a la flota genovesa que envió emisarios al rey de León, para que se apresurase a cumplir lo pactado.
El monarca levantó el campo para dirigirse a definitivamente hacia Almería. Cuando llegaron al pie de las murallas para iniciar el asedio, habían comenzado ya los ataques al puerto almeriense por parte de las naves italianas.
Levantada sobre un cerro que dominaba la bahía, la alcazaba de Almería era una fortaleza impresionante. Aunque se había reedificado en sucesivas ocasiones, sus orígenes eran muy antiguos. Pero fue sobre todo desde mediados del siglo X, gracias al impulso que dieron los califas de Córdoba a la ciudad, concediéndole incluso la categoría de Medina, cuando el puerto de Almería, bajo la protección de su fortaleza, dio acogida a una importante flota.
Más tarde, esa flota se convirtió en el foco de piratería que tanto preocupaba a los comerciantes italianos y que había llevado allí a tantos ejércitos cristianos. Además, los almerienses sabían construir barcos y lo hacían bastante bien, de sus atarazanas habían salido muchos navíos pertrechados para la guerra, que ahora servían a los piratas sarracenos para imponer su ley en las aguas del Levante peninsular.
No era fácil apoderarse de una ciudad como aquella, por eso el asedio se prolongó durante todo el mes de septiembre e, incluso, hasta principios de octubre. Para entonces el rey de León entró en negociaciones con los sitiados, bien por su propia iniciativa bien por deseo de los almerienses, agobiados por la situación.
Este tipo de negociaciones, encaminadas a facilitar la entrega de una plaza, fijando plazos y condiciones favorables a los sitiados, eran bastante habituales entre los peninsulares. Sin embargo, resultaban totalmente ajenas a los planteamientos de genoveses y pisanos. Quizá por eso, Alfonso VII mandó hacer los tratos a escondidas de los italianos.
Cuando estos últimos se enteraron de lo que estaba ocurriendo, interpretaron las treguas y garantías que efectivamente se acordaron, como un intento de alcanzar ventajas por parte de las fuerzas terrestres. No dejaron de protestar formalmente ante el emperador, pues su deseo era apoderarse por la fuerza de toda la riqueza de la ciudad, que era mucha.
Lo cierto es que, los pactos se cumplieron y la plaza se rindió el 17 de octubre de 1147, fruto del esfuerzo de todos, aunque unos y otros trataron de ocultar la participación de los demás. La disparidad de criterios existentes en las causas del éxito, sería consecuencia de las divergencias habidas entre los aliados.
La plaza conquistada quedó bajo la custodia compartida de genoveses y castellanos: los primeros designaron a un personaje llamado Otón de Bonvillano, como su representante, mientras que Alfonso VII nombró tenente de Almería a don Manrique Pérez de Lara.
El éxito alcanzado por la coalición internacional de los ejércitos cristianos tuvo una gran repercusión. Algunos pensaron que el paso que se había dado era lo suficientemente importante, como para esperar la liberación inmediata del resto de Andalucía. Ni que decir tiene que estaban bastante equivocados.
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